Llevo más de 25 años vinculado a la música japonesa y hay algo que me desconcierta desde casi el mismo tiempo.
El mensaje en vídeo.
Ya sabes cuál.
Un artista frente a una pared completamente blanca. Nada a su alrededor. Cámara fija. Iluminación neutra. A veces parece ligeramente incómodo.
«Hola, somos…».
Y cada vez, una vocecita en mi cabeza piensa:
Parpadea dos veces si necesitas ayuda.
Entiendo la ventaja. Un fondo neutro elimina distracciones. No aparece ninguna marca por accidente y el vídeo se puede utilizar casi en cualquier parte.
Es práctico. Es seguro. Nadie podrá quejarse del papel pintado.
La neutralidad también es cultural.
Lo que en un país parece limpio y profesional puede transmitir algo muy distinto en otro. Para alguien de fuera, esa habitación vacía, el encuadre inmóvil y el tono solemne pueden recordar menos a un mensaje especial de un artista que a un vídeo para demostrar que sigue con vida.
Exagero.
Pero solo un poco.
Y lo que me molesta no es la pared blanca en sí, sino lo que les ocurre a los artistas delante de ella.
He visto a músicos que se expresan con total naturalidad a través de su música ponerse extrañamente rígidos al tener que decir unas frases ante una cámara. Su personalidad desaparece detrás de un formato que, supuestamente, se eligió para que pudieran dirigirse directamente a su público.
Es una lástima, sobre todo cuando el vídeo va destinado a personas que quizá los descubren por primera vez.
Me gustaría que las discográficas y los equipos de representación japoneses pensaran más en esto al preparar materiales para el extranjero: adaptar la comunicación no consiste únicamente en traducir las palabras.
Las imágenes también necesitan traducción.
Y lo mismo sucede con las fotos de prensa, las biografías, las entrevistas y la manera de presentar información a los medios extranjeros. Un formato promocional perfectamente aceptable en Japón no tiene por qué provocar la misma impresión en Francia, Brasil o cualquier otro lugar.
Y desde luego no propongo que los artistas japoneses imiten a los occidentales. Eso sería perder completamente el sentido de la idea.
Lo que quiero es que su propia personalidad viaje mejor.
Grábenlos donde se sientan cómodos. En una sala de ensayo, un estudio de grabación o entre bastidores antes de un concierto. Un lugar que forme parte de su mundo. Déjenlos moverse, reír, dudar o decir algo inesperado. Denles algo de lo que hablar aparte del saludo de siempre, aprendido de memoria.
Un vídeo no necesita ser caro ni elaborado. Basta con que parezca que quienes salen en él pueden ser ellos mismos.
La pared blanca no ha hecho nada malo.
Pero después de 25 años, creo que merece un descanso.